De las emociones (en esta casa de locos)

La diferencia que nos separa del resto de seres vivos conocidos (¿habrá algunos cuya existencia ignoremos?) no son nuestras emociones, sino nuestra capacidad de interpretarlas, expresarlas y trasmitirlas.
La escalada de la semana (me aprovecho, a conciencia, de las ideas de otro que lógicamente no mencionaré) ha sido un continuo in crescendo emocional, desgraciadamente a casi todos los niveles, personal, social, laboral... y más.
Quede el amable lector tranquilo que no le abrumaré (al menos no lo intento) con las cuestiones personales, poco con las sociales y un poco (o bastante) mas con las laborales y con el rastrero objetivo de superar el desasosiego que he ido acumulando por su causa.
En la casa de locos donde intento justificar los garbanzos del día, ha sido una semana convulsa para los curritos (supongo e intuyo que para los directivos también). La excitación estaba sobre las mesas, en los pasillos, junto a los cafés, en todas partes. Porque el futuro está en juego, porque los derechos laborales están pendientes de un texto que todos queremos conocer y que ha sido un parto largo y tedioso, difícil y descompensado, controlado sin sutileza y llevado a cabo sin miramiento.
Cuando en otro momento escribí sobre protocolos, concluía con la necesidad de su moderación con el sentido común. Hoy no queda sentido común en este asunto que nos ocupa. No se han llegado a aplicar los “protocolos”, sustituyéndolos por malas maneras. Por tanto no hay (¡Que descanso!) protocolos mal aplicados, ya que desde el primer momento ni siquiera los hubo.
Pero, justamente, los modales puestos en juego han (no había salida posible) desembocado en la activación emocional.
Y si bien nos distinguimos por la capacidad de interpretación de los sentimientos, en conjunto somos egoístas al aplicarla. Vemos la letra según nos muestra nuestro filtro y ese filtro está limitado por nuestro interés personal, las mas de las veces. De forma que, tras una semana de violencia despachera, de “argumentaciones” prefijadas por terceros, de sinsabores por la impotencia que produce el hecho de que en una empresa de estas dimensiones, no haya personas capaces de objetivizar la situación y evaluarla conjunta y convenientemente, solo nos queda autoconvencernos (dura tarea para algunos de nosotros) de que es lo menos malo que podía pasar.
Al menos, se acerca un final esperado y ante la desesperación cualquier final es bueno (así lo creen algunos) y lo es porque supone poner fin a una situación de ansiedad sostenida y de acoso constante por parte de algunos “compañeros” interesados en ese final a toda costa.
Decía Luis Pastor en su canción “un grano no hace granero pero......” y si no completo la frase es porque en esta casa de locos el compañerismo dejó de existir y el grano del granero está enmohecido, es estéril y ni siquiera servirá para alimentarnos emocionalmente.
Así de triste es, al menos desde mi personal filtro, aunque a lo peor se trate de un filtro demasiado objetivo.

Sobre "Un cuento de terror"

Maravillado estoy (dentro de unos límites) porque al fin, tras largos años de omisión sobre el tema, Juan Jose Millás, con esa prosa poética, con su acertado tratamiento lírico e irónico, ha publicado “Un cuento de terror” en esa preciada publicación (adulación necesaria para llamar la atención) semanal de “EL PAIS” del pasado día 9.
Título lamentablemente elegido (salvo si lo ha sido por autentico sarcasmo) porque no es ficción, es una realidad que, si en este momento aparece en Madrid, ya está extendida como la peor de las infecciones en la Comunidad Valenciana (y poco se ha comentado sobre ello).
En esta Comunidad del 10%, sus administradores públicos han estado “gestionando” la sanidad, la educación y los servicios de la forma mas adecuada a sus intereses, favoreciendo con el dinero público a los amiguetes de turno.
Durante mas de una década se ha estado desmantelando la sanidad pública valenciana, minando sus bases, y promoviendo una sanidad privada carente de recursos y cuyo objetivo de gestión no es la salud, sino el beneficio empresarial. Beneficio que acabamos pagando todos porque tras ese largo período la Administración Pública Valenciana ha reconocido su incapacidad para el control, no sólo sanitario sino económico de esas clínicas privadas (cuyo número y nombres ya no domina).
Aturdir a los sufridos lectores con situaciones concretas puede convertirse en un escrito de dimensiones bíblicas.
Pero dejen al menos que cite un par de ellas a modo de ligero apunte, que sirva a los incrédulos, para corroborar lo expuesto.
Un ”enfermito”, como diría un actor de televisión, tras pasar por sucesivas pruebas en un hospital público (no digo nombre para no ofender pero si que lo anuncio como el mas emblemático de la ciudad del Túria), acaba precisando una prueba, definitiva para la evaluación de su enfermedad, en: “una clínica privada”, porque en ningún hospital público tienen el equipamiento para realizarla.
El enfermo no debe quejarse porque el coste no saldrá de su bolsillo, saldrá (corregido y aumentado del de todos nosotros).
En el mismo hospital un sencillo aparato para rehabilitación (digo uno porque ese es el número real con el que cuentan) lleva años sin repararse por falta de presupuesto, derivándose a los (doblemente) pacientes necesitados de él a otro tipo de tratamiento, sin considerar ni su adecuación ni su eficacia sanitaria.
En fin, gracias a J. J. Millás por obligarme a movilizar mis neuronas aunque haya sido a costa de mi sosiego y gracias a quienes, conscientes de la situación, ponen su granito para que poco a poco vaya mejorando en favor de todos: enfermos, estudiantes, personas.....

Protocolos y sentido común

Un protocolo es la aplicación de un reglamento que permite la ejecución de procesos con uniformidad.
A mayor complejidad de los procesos, y cuando el número de estos se va incrementando, mayor necesidad de normalización, mayor necesidad de un protocolo que unifique actuaciones.
No obstante, como todo proceso de regularización, corre el riesgo de que el análisis de los factores se tergiverse, se confunda y, en consecuencia, la aplicación del protocolo acabe produciendo un efecto perverso situándolo fuera de todo sentido común (que como sabemos es la “facultad de juzgar razonablemente las cosas”).
En un proceso judicial la figura central es el juez, que con capacidad para juzgar y sentenciar aplica procedimientos y “protocolos”, aunque mediatizados por su facultad para juzgar razonablemente, es decir mediatizados por el sentido común.
Pretender actuar con la mera aplicación de la “letra” (ya sea de la ley o de otra instrucción) es como mínimo riesgoso (dicho como en América). Si además las consecuencias de esa actuación afectan a personas, a su futuro, a su vida, la osadía puede adquirir tintes trágicos.
Si trato este tema no es por mera casualidad. Recientemente he tenido que atravesar dos situaciones que aunque bien distintas son consecuencia de la aplicación del protocolo de turno, sin considerar las consecuencias que las personas afectadas habrán padecer por no mediar en su aplicación el sentido común.
Investirse en juez, si la persona que lo hace es lo suficientemente cautelosa, no es cosa fácil. Hace falta una gran dosis de humildad para reconocerlo, pero así es.
Y precisamente por cautela tengo que diferenciar entre las dos situaciones que planteaba.
La primera de ellas es una caso aislado, laboral, en el que se ha aprovechado la situación de juez y parte en el proceso, para aplicar sin miramiento ni consideración un protocolo que un juez exparte (no voy a citar cuantos ni cuales ya lo han hecho) hubiese mediatizado convenientemente con ese sentido común imprescindible en estos casos.
Para calificar el segundo caso, personal, quisiera (pero no puedo) justificarlo por no ser un caso aislado, por ser un protocolo de aplicación amplia. Y si no puedo justificarlo no es por la afectación personal que me produzca sino porque ese protocolo afecta a personas y en esos casos el sentido común del que actúa debe primar sobre lo que dicte el protocolo.
Todos estamos sujetos a las normas, los protocolos y los procedimientos pero, desde aquí, quiero dar un toque de atención a quienes los aplican, para que no olviden el sentido común en su aplicación porque (y no es una amenaza sino una realidad), en cualquier momento pueden verse inmersos en un protocolo que les puede destrozar su futuro, sus esperanzas, su vida.

Prescriptores

Hoy pago por tu opinión, aunque mañana no me des la razón.
Este podría ser un nuevo refrán de este nuevo siglo XXI, en el que el desarrollo de los medios de comunicación nos está llevando a situaciones insostenibles, por lo contradictorias y lo poco coherentes.
Cualquier tratado de sociología o marketing aborda la figura del prescriptor (palabro, que no palabra de nuestro amado Diccionario) y lo definen, según el caso, como “aquellos que ni compran el artículo, ni lo pagan, ni lo fabrican, ni lo venden pero actúan de forma que en la práctica su recomendación obliga al cliente a comprarlo”.
Una forma de definición, mas cercana al área social, sería: “las personas que debido principalmente a su posicionamiento y reconocimiento social pueden incidir fuertemente en la opinión general de otras personas, orientando su inclinación hacia un determinada actitud e incluso comportamiento”. Este tipo de personajes suelen ser utilizados en el mundo de la comunicación y la publicidad para ayudar a sensibilizar a un determinado estrato social frente a una idea.
De forma llana, son aquellos capaces de hacernos pensar y actuar según sus dictámenes, sin que nos cuestionemos sus argumentos, porque previamente estamos convencidos (ya se han ocupado de ello) de la rectitud de sus propuestas, es decir porque confiamos en ellos.
Hasta ahora han aparecido varios conceptos cuya interrelación convendría analizar: los medios de comunicación, el reconocimiento social, la obligación hacia otras personas, los estratos sociales y la confianza.
En un mundo en el que los medios de comunicación acaban desinformando por exceso de información, donde ciertos estratos sociales son muy susceptibles a esa información, donde los criterios de muchas personas para dar crédito a un prescriptor son meramente subjetivos y donde la desconfianza respecto a cualquier otro “prescriptor” viene impuesta por el que ha conseguido la confianza de aquellas personas, poco o nada cabe hacer.
No es derrotismo, es la realidad que día a día nos rodea.
Una realidad que sólo se puede cambiar con cultura y formación. Cultura para conocer los hechos y formación para ser capaces de tener criterio propio para interpretarlos.
Los prescriptores han existido siempre. La diferencia con la situación actual es que cada uno lo era en su medio, un medio en el que se especializaron y del que tenían gran conocimiento. Y otra gran diferencia era que, fuera de ese medio no se ocupaban de influenciar porque su ética se lo impedía.
Hoy la ética se ha olvidado, hoy la imagen manda. Hoy basta que una imagen nos diga, al dictado de otros que no aparecen, lo que debemos pensar y hacer. Y nosotros (por generalizar) vamos y lo hacemos. ¿Como entender el “éxito” de tanto contertulio cuyo mayor mérito llega a ser haber cruzado dos palabras con un famoso de turno?
Me estoy acercando a Ubeda (y veo sus cerros) porque estas situaciones hacen que me sienta frenético a la par que impotente, incompetente e inepto (vamos un inútil).
Todo lo que aquí se ha expuesto vale para los múltiples ambientes en que nos movemos incluido el laboral.
Prescriptores haylos: jefes, compañeros “cualificados”, representantes de los trabajadores.....
La cuestión es si somos capaces de diferenciar cuales deben serlo para nosotros, y en que área o si nos dejamos llevar por el primero que pasa y del que nos hemos creído sus argumentos.
Argumentos que pueden ser eticamente correctos o como decía el refrán del principio, una opinión comprada que con el tiempo acaba convirtiéndose en una sinrazón.

Los gestores políticos, los sindicatos y los partidos (la “fina linea” que los separa)

La eterna pregunta ¿fue antes la gallina o el huevo?, en algunos casos tiene respuesta.
El 14 de agosto de 1888 se constituye la Unión General de Trabajadores, mientras que el Partido Socialista Obrero Español lo hizo el 2 de mayo de 1879. Queda claro cual fue constituido antes, aunque, en sus inicios, la importancia social conseguida por la UGT fue mayor y hasta principios del siglo XX el PSOE no tuvo representación parlamentaria.
En aquellos orígenes, cuando aún se podía hablar de ideologías, ambas organizaciones compartían gran parte de sus objetivos, cada una en su ámbito.
La fundación del Partido Popular se produce en el año 1989 (110 años después) y como resultado de modificaciones de diversas agrupaciones cuyo origen fue Alianza Popular (constituida en 1976 por exministros del franquismo). En ningún momento ha habido pronunciamiento de sindicato alguno hacia estos partidos (al menos que se sepa).
Esos son los orígenes. La situación actual es distinta. CCOO, sindicato mayoritario de ámbito estatal comparte su hegemonía con UGT y ambas organizaciones colaboran, en la defensa de los trabajadores, con ideología similar aunque puesta en práctica de diferente modo.
Al margen han surgido otras organizaciones sindicales, con objetivos distintos y las mas de las veces con el intento de defender intereses concretos de grupos de trabajadores y no del conjunto. Esa forma de actuar no les quita legitimación aunque si hace que su visión de la problemática laboral sea parcial. Se ciñen a sus afiliados, grupos interesados en reivindicaciones propias, que en pocas ocasiones llegan a coincidir con los intereses colectivos.
Un caso concreto puede ser el sindicato USO, fundada en los años 50 en núcleos cristianos obreros, cuya área de actuación se centra en los empleados públicos.
Esa puede ser, muy resumida, la situación de los sindicatos respecto de los partidos políticos con los que pueden compartir objetivos o ideologías.
Analizar las situaciones concretas de actuación de las organizaciones sindicales en su nivel inferior (la empresa) puede dar como resultado múltiples casuísticas. No faltan empresas en las que se alcanzan “acuerdos” mas allá de lo convenialmente correcto con alguno de los dos sindicatos mayoritarios.
No obstante, favorecer la implantación de un sindicato, con el objetivo de su control, por parte del empresario tiene otro nombre y otro, muy distinto, tratamiento.
Cuando en una empresa pública se fomenta la afiliación a un determinado sindicato con el único argumento de “si me quieres dímelo”. Cuando los miembros gestores de ese sindicato son los mas favorecidos por el gestor de turno de la empresa pública. Cuando el mas mínimo desencuentro se convierte en una constante persecución y derribo. ¿Que palabras utilizar para definir esa situación? Y sobre todo, cuando se pretende utilizar la representatividad, conseguida de esa forma, para imponer sus criterios parciales inducidos por el gestor de la empresa: ¿como cabe actuar para restaurar el orden sociolaboral, la legitimidad y otros valores inherentes a cualquier organización sindical que se precie?
Difícilmente. Porque aceptar que esa situación se está produciendo, supone un esfuerzo por parte de esos representantes sociales, mas allá de lo que son capaces de entender. Como ya he comentado en otras ocasiones y el sentido común nos dicta, para actuar de forma distinta hay que ser conscientes de que se hace mal, y capaces de aplicar la objetividad necesaria para modificar la conducta. De otro modo solo queda el autoconvencimiento. Y creedlo todos, que no sólo es cierto sino además verídico: que hay personas capaces de autoconvencerse de cualquier cosa como de que son independientes, de que defienden a sus compañeros, de que son los únicos que entienden la situación social (como aquel del paso cambiado en el desfile: mi hijo es el único que lleva bien el paso), de que ....... ¿Para que insistir más, si el que no escucha no va a oír nada?
Solo apuntar que no es malo que un partido y un sindicato tengan ideologías similares pero que nadie pierda los papeles, cada uno con sus objetivos diferenciados.
La historia debe enseñarnos (y nosotros aprender de ella) cuando nos cuenta que las huelgas generales mas importantes se produjeron curiosamente con gobierno socialista y lógicamente organizadas por los sindicatos mayoritarios de tendencia... “socialista”.

Del trato y del mal trato (en esta casa de locos)

Nuestro Diccionario relaciona la palabra convenio con trato y con contrato (buen juego de palabras).
Un convenio ha venido entendiéndose últimamente “en esta casa de locos” como una ocasión para controlar mas allá de lo que la buena fe puede permitir.
Aunque lejano, no puedo olvidar los intentos de “personajes” que, pretendiendo el control a toda costa, y lejos de poder ejercerlo directamente, se colocaron tras las bambalinas intentando su influencia sobre los que se encontraban en la escena. Personajes que en estos momentos ocupan el proscenio aunque sigan escondidos tras la sombra. Personajes que han cambiado su discurso para adecuarlo a sus intereses. Personajes que lo son de una obra en desarrollo sin que por ello puedan ser personajes (personas de calidad según nuestro reiterado Diccionario).
A pesar del paso del tiempo y el cambio de papeles en ese escenario, su objetivo y su comportamiento sigue siendo el mismo: el control desde las bambalinas. Un control que trasladan a personajillos que, gracias a la intervención de aquellos personajes, cumplen su papel como si fuesen los que realmente se encuentran en la escena.
No haya cuartel, que todos los que se dicen “representantes” de una mayoría se quiten la mascara.
No haya cuartel, que los que se esconden moviendo los hilos de esos títeres den la cara.
Que el odiado color amarillo en los escenarios está inundando por completo las salas, cegando a los que sienten e intentan realmente “representar”.
Porque interpretar trato como convenio no es lo adecuado a pesar de estar relacionado. Si el contrato no se extiende a la escena, no hay obra, no hay actores, sólo marionetas con la única capacidad de repentizar lo que se les dice.
Por eso conviene usar bien el lenguaje y, mas allá del mero palabrerío, interpretar adecuadamente la obra.
El escenario afecta a todos: actores, público e incluso a los que siguen escondidos tras los telones.
Actuemos pues todos para que la obra llegue a ser aplaudida, para que mas allá del burdo control de los “personajes” nos encontremos con auténticos personajes en cada rincón del teatro.

Del trato y del maltrato

Nuestro Diccionario de la Lengua define trato como “acción y efecto de tratar”. Y a esta última palabra le asigna el sentido de comunicar o relacionarse con un individuo. Individuos somos todos, no quiera nadie separarnos de nuestra propia peculiaridad. No obstante, cuando nos encontramos inmersos en un conjunto, los efectos de nuestras acciones pueden convertirse fácilmente en maltrato (acción y efecto de maltratar).
La separación entre un concepto y otro es una pequeña linea que deslinda nuestro derecho de los derechos de los demás (alguien dijo algo parecido sobre la libertad y el libertinaje).
Podemos preguntarnos cómo es posible cruzar esa delgada linea. Podemos incluso indagar para descubrir esos límites. Pero nunca lo haremos cuando estamos convencidos de que nuestro punto de vista, nuestro derecho, nuestro comportamiento es, según nuestra opinión, el adecuado. El motivo es claro: si no vemos la necesidad, porqué cuestionarnos a nosotros mismos (sería caer en el absurdo).
En situaciones cotidianas en las que intervienen varios individuos, la objetividad puede (no siempre lo hace) aparecer y, acabar considerando inadecuado un determinado trato hacia otra persona.
En la mayoría de las situaciones esa objetividad no se hace presente por la ausencia de otros individuos.
Mi interés es que quienes lean este texto, se replanteen sus actuaciones del día a día. Que tomen como premisa que no hay una sola forma de expresarse ni de conseguir su objetivo. Y sobre todo, que cuando esas maneras llegan a maltratar a otras personas, sean lo suficientemente objetivos para reconocerlo y modificarlas.
Tratar es comunicar. La necesidad de comunicación es una constante en todos nosotros, individuos que queremos llegar a ser personas.
Desgraciadamente, la comunicación, que en otros tiempos era uno de los valores diferenciales de la persona, está cayendo en desuso. No nos comunicamos, simplemente trasladamos a quienes tenemos alrededor las ideas o requerimientos que nos surgen. No nos importa su reacción. No nos importa nuestra acción. Sólo nos importa nuestro objetivo.
Podríamos buscar responsables de estos comportamientos: la sociedad consumista, la competitividad, el progreso, el estrés cotidiano, la celeridad con que suceden las cosas.....
Busquemos mas argumentos ajenos a nosotros mismos y si realmente somos capaces de ser “objetivos”, la única (en este caso no hay alternativa posible) respuesta veremos que es: nosotros mismos.
Nosotros somos los responsables de que nuestra individualidad no se personifique, de que la consecuencia sea el maltrato hacia los demás, aunque sigamos convencidos de que somos capaces de tratar con ellos y estemos muy lejos de lo que nuestro Diccionario entiende por trato de gentes: “experiencia y habilidad en la vida social”.
P.D. Lo expuesto va mas allá de las relaciones laborales, pero por desgracia en ese ámbito es donde acaban produciéndose mas situaciones de maltrato (no busquemos las causas, no busquemos los responsables). Hagamos todos un acto de contrición y busquemos las (sigue habiendo múltiples) soluciones.

A vueltas con el desempleo

La situación económica actual está llevando al cierre a multitud de empresas que en sus buenos momentos, lejos de invertir en futuro, dilapidaron lo habido y por haber. El motivo era fácil de entender: el mercado financiero permitía la acumulación de deudas a largo plazo que no suponían “riesgo” para el funcionamiento de la empresa.
La situación ha cambiado, las entidades financieras van cerrando el “grifo” y requiriendo los pagos. La morosidad derivada del descenso de ingresos de estos empresarios se ha incrementado considerablemente y el resultado: echar la persiana para no seguir perdiendo dinero.
Los análisis profundos de la presente situación económica no son fáciles. No obstante hay un elemento claro en los procesos financieros y productivos que en buena medida ha provocado el desenlace: los intermediarios, financieros o de otro tipo. Que gracias a una economía de “mercado” han conseguido elevar sus beneficios a unos niveles “mas que razonables” como diría algún economista.
Nadie debe olvidar que estamos en un país donde los “ladrones” ya no están solo en Sierra Morena.
Esos intermediarios han acabado con los bolsillos llenos y no se esconden. Van a todas partes dando muestra de su superioridad económica en sus coches caros y con su aspecto de “grandes hombres de negocios”.
El principio general de la economía es añadir valor a los bienes a través del esfuerzo del trabajador para generar riqueza derivada de ese trabajo. Cuando no hay proporción entre el “valor añadido” y los costes de ese proceso, la consecuencia es un desequilibrio con un nombre claro: especulación.
Hay países donde hay intervencionismo en la limitación del margen de beneficio. Posiblemente vaya contra la libertad de empresa pero seguro que también acaba con buena parte de la especulación.
A estas alturas del siglo XXI, con lo que hemos debido de aprender desde la revolución industrial, yo me pregunto:¿como es posible que tras cada desastre provocado por los eruditos maquiavélicos, económicos y políticos, el que acabe sufriendo las consecuencias sea siempre el mismo?: el trabajador.
Si el progreso dio al traste con las clases sociales (yo no me lo creo) se han creado dos nuevas clases dentro de la sociedad: los que en provecho propio engañan y especulan a costa de los otros, que sólo disponen de sus manos y cuerpo para trabajar cuando les dejan y que constituyen esa segunda clase.
Para terminar, sin conclusiones (en estos temas nunca son buenas, ni procedentes) una pregunta: ¿al menos quedará dinero suficiente para que los que sufren las consecuencias y acaban en la calle puedan llegar dignamente a fin de mes, aunque un poco mas delgados y desequilibrados, hasta que esta locura social de la que son victimas se acabe? Espero que la respuesta sea si.

Notificado por el INSS

Aquí, de nuevo frente a la pantalla intentando escribir algo para seguir acercándonos........
Lo que últimamente me lleva de cráneo, literalmente, es el funcionamiento del INSS y sus peculiaridades en cuanto a resoluciones, notificaciones y más ...ones que dicta con su aplastante, que no infalible actitud.
Como nota previa: el asunto de las notificaciones. La administración, en general, utiliza esta vía para ponerse en contacto con los administrados. En un tiempo no muy lejano la “Administración” de Correos (por aquel entonces era organismo oficial) decidió, mediante comunicación interna, que los envíos procedentes de las diversas administraciones que llevasen la palabreja NOTIFICACION se tramitarían por los carteros sin dejar constancia del paso por el domicilio de dicho documento en caso de ausencia del interesado. Sí que quedaba constancia en el sobre, de que había pasado el cartero “intentando la notificación”. Tras dos intentos (logicamente a la misma hora y en los mismos días laborables, el sobrecillo era devuelto al remitente.
El objetivo era claro: no se ha podido notificar al interesado y no se agotaban los plazos para la imposición de la sanción o cualquier otro objetivo (aunque fuese beneficioso para el destinatario),
Con este procedimiento la Administración, tras la publicación de la resolución en el boletín oficial correspondiente (que todos leemos a diario, por si acaso), entendía notificado el asunto y resuelto el expediente.
Algún magistrado mas “exigente” entendió que intentar la notificación a las mismas horas y en los mismos días no era un intento real por lo que acabó, tras la reclamación judicial pertinente, dar por incumplido el “intento de notificación” y anulándose el proceso por falta de audiencia al interesado.
La situación ha cambiado y en estos momentos hay múltiples formas de notificación rápida, segura, y fiable: Correos ya deja aviso en caso de ausencia con un plazo breve, pero suficiente, de siete días para recoger el documento; existen los burofaxes y otros procedimientos de urgencia fiables.
Para los efectos de estas notificaciones la fecha de recepción es la que marca los plazos para posteriores actuaciones.
Y aquí es donde entra la peculiaridad de las benditas resoluciones del INSS: el Tribunal Supremo determinó en varias sentencias que la fecha de la resolución es la de efecto de la misma. Ojo, la de resolución, que no la de notificación. De esta forma, dado que la notificación se produce siempre con posterioridad (en algunos casos mucha posterioridad), se producen situaciones más que paradójicas e incongruentes.
En uno de esos casos comunican a un trabajador, dos semanas mas tarde de la fecha de resolución, que debía haberse incorporado al trabajo con esas dos semanas de antelación al comunicado en cuestión. Yo me pregunto si las “ciencias adivinatorias” le hubiesen ayudado a cumplir con su obligación. Creo que no. Y a partir de ahí se puede encontrar con que, por haberse ausentado sin justificación durante más de tres días, acabe encontrándose en plena calle, con la resolución del INSS y el finiquito en la mano, despedido.
Yo quiero entender que retrotraer la fecha de efecto a la de resolución es lógico cuando le resolución haya sido “favorable” al trabajador: la percepción de indemnizaciones, una declaración de incapacidad que produzca efectos económicos....
Pero de ahí a extender ese criterio a todas las situaciones es abandonar el sentido común e incluso apurando, olvidar algún principio fundamental de las propias leyes: “in dubio, pro operario” (si hay dudas siempre en favor del trabajador).
Se que es difícil que esta reflexión, como muchas otras, llegue a quienes realmente deben reflexionar sobre el asunto pero me conformaría con que le sirvan a algún compañero que se encuentre ante estos absurdos.

La conversión en esta casa de locos

Convertir es transformar una cosa en otra distinta. La gran conversión era la buscada por los alquimistas, intentando con el fuego liberar a los elementos de las imperfecciones y por ende transformarlos en mas valiosos.
Cuando nos enfrentamos a cosas "que se mueven" la alquimia también es posible usando "fuegos" purificadores que eliminen de raíz las "imperfecciones".
Aplicar este procedimiento a determinadas situaciones precisa de una habilidad que pocos alquimistas han conseguido. Y para sorpresa de todos los tenemos bien cerca.
¿Como transformar una victima en un verdugo?
Si aplicamos las leyes de la alquimia precisaremos de una "situación" previa, ligada casi al propio Hérmes, no por su sincretismo sino por su carácter de cuasi dios.
Y, sorprendentemente, lo tenemos con nombre y apellidos (que no conviene mencionar para con esta adulación aumentar su ego, de por si ya bastante grande).
Otro detalle trascendente en el proceso de transformación es el uso del fuego, esa fuerza arrasadora de impurezas que, en el recipiente adecuado, conseguirá el objetivo del alquimista.
¡Que no sorprenda a nadie!: el recipiente está dispuesto y tiene forma de mesa. No de acogedora mesa camilla con faldas y brasero. Tampoco de mesa de juegos, aunque para alguno lo parezca. Mas bien tiene el parecido de una mesa de reuniones como aquellas a las que se sientan los que buscan soluciones con la discusión razonadora, que no con la disputa combativa.
A poco que se haya entendido el proceso solo nos queda el objeto al que se pretende transformar: el currito. No malinterpretemos el adecuado concepto utilizado, que para el resto de sus compañeros no sería de aplicación. En este proceso es el alquimista el que pone las normas y los nombres.
Para entender la conversión es preciso una introducción que, aunque para muchos conocida, es necesaria para que todos acaben conociéndola.
Las ciencias son procesos acumulativos del conocimiento que convergen y provocan soluciones o problemas. Pero sobre todo son acumulativos, nadie resuelve un problema con integrales si no ha acumulado el conocimiento del proceso de sumar.
Esos procesos acumulativos, a nivel científico, se producen adecuadamente y basados en la necesidad del avance preciso y objetivo.
La utopía nos dice a los curritos que la planificación del alquimista existe y es cuasi científica.
La realidad nos muestra que el ir hacia adelante, en este caso, ha obedecido mas a la conveniencia material, a la perpetuación, a la intervención torticera, etc. etc. de ese alquimista.
Todo ello con la característica acumulativa de las ciencias que ha convertido la situación en insostenible.
Pero para el alquimista, no existe el pasado porque lo importante es la solución (no científica) del problema.
Para ello sigue el procedimiento de la conversión.
- Cójase una victima, sufridora de las consecuencias de las acciones del alquimista.
- Sitúese en el recipiente adecuado con forma de mesa.
- Aplíquese el necesario "fuego".
- Espérese el tiempo necesario.
- El resultado: un verdugo.
Un verdugo que es el responsable de que no se solucione el problema. Un verdugo que impide el progreso "científico" impuesto por el alquimista. Un verdugo cruel y sanguinario que no entiende de templanza, prudencia ni de cualquier otra de las virtudes de la teología cristiana. Un verdugo que llevamos dentro todos y cada uno de los curritos.